domingo, 14 de junio de 2026

¿Dónde está Dios mientras nosotros sufrimos?

Hace poco se hizo viral, durante una audiencia del Papa León XIV en el Estadio Olímpico de Barcelona, el caso de una joven que le preguntó dónde estaba Dios mientras ella vivía el intento de asesinato de su madre a manos de su propio padre. Esa historia terminó con su padre en la cárcel, su madre abusando de las drogas y ella viviendo en un orfanato. Y es que esa pregunta nos la hacemos muchas veces cuando vemos a niños inocentes sufrir y ser asesinados a causa de guerras, o cuando presenciamos sufrimientos profundos, injusticias manifiestas o daños impronunciables. En lo personal, también me la hice cuando perdí a mi madre siendo aún adolescente. En esas situaciones podemos pensar que Dios nos ha abandonado.

En esta breve reflexión quisiera escribir en torno a la respuesta que dio el sumo pontífice a la joven y a las palabras que pronunció en Barcelona, así como compartir algunos pensamientos propios al respecto.

a) El daño y el sufrimiento son de origen humano

Que existan grandes sufrimientos no es incompatible con la existencia de Dios. Las injusticias y los daños son de origen humano; son nuestra responsabilidad. El Papa nos dice que Dios nos dotó de libertad y que es desde esa libertad que podemos causar estos males. Ciertamente, hay sufrimientos que se producen por causas naturales, pero no por ello constituyen “males producidos por una voluntad”; son simplemente producto de leyes impersonales.

Reconocer el origen humano de muchos sufrimientos nos permite entender que es nuestra responsabilidad cambiar las situaciones que producen esos daños y padecimientos.



b) No romantizar ni “divinizar” el sufrimiento

Actualmente vivimos en una cultura que nos fuerza a ver cualquier dolor de manera positiva, extrayendo algún aprendizaje de él o justificándolo por una causa quizá desconocida. Es el famoso “todo pasa por algo”.

Contrariamente a ello, el Papa señaló que “no debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la voluntad de Dios o a algún misterioso proyecto suyo, porque se corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo y de herir a las personas”. Hay pesares que solo dejan heridas, muchas de las cuales permanecen abiertas durante largo tiempo, sin ningún valor positivo. Romantizar este sufrimiento minimiza el dolor y no permite comprenderlo adecuadamente. No siempre hay una historia de superación; a veces solo queda alguien que vive con el trauma.

c) No hay un plan "divino", pero sí esperanza

Creo que un gran error es pensar que existe un destino frente al cual todo lo que sucede, sea bueno o malo, tenía necesariamente que ocurrir. Somos seres dotados de libertad y responsabilidad. Lo que nos sucede es una combinación de lo que hacemos, de lo que hacen los demás y de las leyes de la naturaleza.

Pero una característica de nuestro mundo es que está esencialmente abierto. “Lo que es, puede ser de otra manera”, nos decía el padre Gustavo Gutiérrez. Ese es el fundamento de la esperanza: la idea de que, por más oscura que se vea la noche, puede aparecer la luz. No tenemos certeza; la esperanza no es optimismo ni la seguridad de que vendrá algo bueno. No sabemos si efectivamente será así, pero tampoco sabemos que siempre habrá tinieblas, y eso nos permite sostenernos.

Creer en Dios es creer que las personas tienen la capacidad de realizar el bien y que esa capacidad puede terminar manifestándose incluso en las horas más oscuras.

d) No intervención, pero sí acompañamiento incondicional

Solemos pensar que, con solo pedir o rezar, Dios intervendrá en el mundo. Es una idea equivocada. La intervención es posible, y es lo que llamamos milagro. Pero el milagro tiene una naturaleza excepcional, no constituye la regla de la vida cotidiana.

El Papa también señaló: “No podemos atribuir a Dios lo que ha sido confiado a nuestra responsabilidad; no podemos imaginar que Dios, desde lo alto, responda a nuestras necesidades de modo automático o impida milagrosamente que el mal suceda”.

Con lo que sí contamos es con herramientas y enseñanzas para hacer frente a los males que producimos. Pero creo que una de las herramientas más poderosas es la fe. Para mí, la fe no consiste principalmente en creer que puede haber una intervención divina, sino en creer en aquello que somos capaces de hacer, resistir y transformar cuando nos sentimos acompañados o guiados.

La fe nos hace salir de nuestro ensimismamiento; nos muestra que no estamos solos, sino que formamos parte de una comunidad que padece muchas veces los mismos sufrimientos y en la que otros han logrado resistir y sobrellevarlos. Nos muestra que hay esperanza y, al mismo tiempo, nos llama a actuar fortalecidos por ella.

e) El perdón y la no absolutización del mal

El daño y el sufrimiento son fenómenos relacionales: alguien los comete y alguien los padece. Ante el daño, solemos centrarnos en el castigo que recae sobre el victimario. La filósofa Martha Nussbaum sostiene que creemos que, mediante el castigo —una especie de daño infligido al agresor—, se alcanzará algún tipo de equilibrio cósmico y se compensará el sufrimiento de la víctima. Pero eso no sucede. El daño ya está hecho y, haga lo que se haga, el pasado no puede cambiarse.

Además, los daños no son solamente un problema entre individuos; también son una muestra de que hemos fallado como sociedad al no evitarlos o incluso al promover las condiciones que los hacen posibles. Cuando ello ocurre, se rompe un vínculo social.

De ahí la centralidad del perdón: una mirada hacia el futuro, orientada a reconstruir, de alguna manera, los vínculos rotos. Pero el perdón se basa en la idea de que, como dice el Papa, “los errores de la vida no determinan la identidad de una persona”. Hay actos malos, pero las personas no son malas por naturaleza. Pueden cambiar y son capaces también de actuar de forma buena. No podemos absolutizar el mal y afirmar que existen personas inherentemente malas. Ello es contrario a la doctrina católica.

“El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse, sino en crecer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, reconciliarse y perdonar”.

Ante esa idea, que es inherente a la dignidad humana, nos corresponde perdonar. El perdón no significa impunidad; significa trabajar para que, en el futuro, quien causó daño pueda convertirse y volver a formar parte de la comunidad.